¿Y a los muchachos que les pasa?
Lo cierto es que después de haber criado los hijos, entrar en la última etapa laboral y perder la capacidad de reproducirse, las parejas se encuentran con varios cambios, no sólo físicos sino también de disponibilidad de tiempo. Las rutinas domésticas ya no serán las mismas y el tiempo para estar juntos tampoco, y si la pareja se sostuvo estrictamente en los roles parentales estaremos en problemas.
Esta etapa invita a la pareja a recrearse, a encontrar a partir del juego y la diversión un nuevo espacio para el encuentro. Es un buen momento para animarnos a los cambios. A veces estos cambios incluyen la pareja, pero en muchos otros casos se trata de poder encontrar entre dos una nueva modalidad de encuentro, romper rutinas, descubrir nuevas pasiones y gustos, poder comunicárselo al otro, y hacer uso de las libertades y del tiempo que en esta etapa disponemos.

Encontrar en lo personal e individual el espacio intimo de placer y goce (permitirse alguna actividad o espacio propio de algo íntimo que se elija desde la pasión) es un buen plan para este momento.
Aprender a pedir lo que se desea y aceptar las modificaciones que la vida impone desde un lugar de conexión con el verdadero Ser interior, respetar el espacio y el deseo del otro, y aceptar que los cambios vienen independientemente de que uno quiera que ocurran.
La cultura y los medios a veces imponen modelos totalmente antitéticos a esta propuesta. Hay que ser joven eternamente, tener siempre ganas de tener sexo y gozar con múltiples orgasmos o “estás en el horno”, como dicen los jóvenes.
Hombres y mujeres… ¡seamos HUMANOS! Aprendamos a reconocer nuestros propios recursos internos que nos permiten vivir con felicidad, goce y armonía en cada una de las etapas de la maravilla que es la VIDA, y cuando menciono la palabra armonía me refiero a la interior, donde el corazón, el alma y el cerebro puedan danzar el mismo ritmo.
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